viernes, 21 de octubre de 2016

Margarita Greiner-Argentina/Octubre de 2016



                  AURORA                                               
    Un rayo de sol se cuela a través de la pesada cortina. Su luz tibia, amable se posa sobre la cara de Aurora. Ella, sin abrir los ojos, gruñe sorprendida. Palpa el otro costado de la cama. Está frío y desierto. Cree percibir desde la cocina el ronroneo doméstico del microondas. Un aroma intenso a café recién colado impregna toda la habitación. “Qué suerte, Ernesto no me despertó.” La frase se abre paso entre su algodonoso ensueño. Luego se vuelve a hundir en el pozo cenagoso de la inconsistencia. De pronto un ruido seco, hostil la estremece. Se remueve inquieta ¿un tiro?, no, un portazo. “ ¿Seguirá enojado?”  Una avalancha  impiadosa de imágenes arrasa su mente. Con zarpazos le desgarra los últimos velos del sopor. Recuerdos inquietos de la noche anterior. Reproches, gritos, llanto. Se ordenan los cuadros como viñetas de una historieta repetida, rutinaria, abrumadora.  Quiere levantarse pero un puntazo de pesadumbre la clava en el colchón. Se quedaría así todo el día, todos los días. Se quedaría así para siempre, para paladear  el hueco pegajoso de su tristeza.
   Pero no, todavía está viva, por lo tanto tiene que recrear el tedioso juego diurno. Esas son las reglas. Se pone el batón lila marchito. Cruza el oscuro, inhóspito comedor. No quiere abrir las persianas. La luz se le antoja provocadora, insultante. Últimamente detesta la luminosidad. Entra en la cocina. Recuerda que antes era su lugar favorito, ¿por qué ahora  todo le parece feo y ajado? Las ollas opacas, las sartenes deslucidas, la vajilla cuarteada. Si hasta las cortinas que ella había elegido de alegres colores, ahora parecen dos colgajos mustios. Se encoge de hombros. ¿Para qué se lo pregunta si tan poco le importa? En realidad, últimamente todo le es indiferente. Solo se  deleita con esa pena que hizo nido en su pecho y que lo oprime cada vez más.
   Bebe el resto de café frío abandonado por su marido. Una explosión de amargura le invade la boca. Se había olvidado de que él no suele endulzarlo. Una arcada le hace escupir una baba marrón. Se retuerce un mechón del pelo ¿qué hacer? El tiempo se estira largo, chicloso. El asilo de la noche le parece inalcanzable. Sabe que su marido le clavaría su mirada pétrea y la interrogaría con impostada amabilidad -¿Cómo fue tu día, querida?-  Recuerda el regalo de unos membrillos. Dulce de membrillo, eso, cocinaría un dulce de membrillo brillante, terso. Lo envasaría en frascos trasparentes adornados con lazos sedosos, en lo posible de raso. Luego alinearía los frascos  con prolijidad sobre la mesa.  Como soldaditos disciplinados en correcta formación. Quizás así evitaría su pregunta.
   Un olor a caramelo invade la cocina. Aurora revuelve con meticulosidad una masa oscura, densa, pantanosa. La preparación borbotea caliente. Explota una burbuja y una gota le quema la mano. Se siente atacada, agredida. Tiene ganas de llorar. Deja la olla sobre el fuego. Mira por la ventana sin ver. La cocina se llena de un humo áspero, se huele a azúcar quemada. Tose y decide salir al jardín.
   -¡El jardín!- Suspira –Tanto tiempo dedicado a los canteros, a la quintita… ¿para qué? Observa que yuyos impertinente se asoman por todas partes, que el cerco de ligustrina parece despeinado. Se vuelve a encoger de hombros. Mira las azaleas perfectas en su floración. Aspira un aroma dulzón que se hamaca por el aire. Llegó la primavera , qué injusticia. Aprieta los dientes y patea el césped. Siente un indicio de rebeldía  que no le disgusta. Boby se acerca para saludarla. Mueve la cola y con ella todo su cuarto trasero. Siente un lengüetazo húmedo. Justo sobre la mano quemada. Le palmea distraídamente la cabeza y mira hacia arriba. Las nubes. Algunas adustas de bordes filosos y geométricos; otras maternales, de vientre combado, y están las histéricas, desflecadas como melenas furiosas. Aurora siente un principio de curiosidad que tampoco le disgusta ¿Hacia dónde irían tan apuradas? Decide averiguarlo.
Se acomoda las chinelas, se anuda el batón. Finalmente se dirige, resuelta, hacia el vigilante portón de salida.

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